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Tiempo en la cruz

Junio 19, 2008

Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas?

¿Y quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?

Y por la ropa, ¿por qué os preocupáis? Observad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan, ni hilan;

pero os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de éstos.

Mateo 6: 26-29

Como señala Antonio Escohotado, el Sermón de la montaña, con su celebración de la pobreza y su insistencia en la Providencia, se antoja una guía práctica de pobrismo antes que una constitución para la prosperidad. Sin embargo, algunos liberales de nuestros días, de tanto como confían en los órdenes espontáneos, parecen haber abrazado la palabra de Cristo; o el Tao encarnado en un mercado cuyo principio ordenador, como ya he escrito en más de una ocasión, se parece más a la Divina Providencia que a la Mano Invisible.

Tomemos, por ejemplo, a Ron Paul. Durante su breve carrera hacia la presidencia, sostuvo que la Guerra Civil americana fue un conflicto absurdo que podía haberse evitado sin renunciar a abolir la esclavitud, que se hubiera evaporado mediante sistemas de compensación a los propietarios y un mercado laboral eficiente. Por supuesto, esta ficción era necesaria, entre otras cosas, para mantener la defensa del principio de libertad y competencia de los Estados frente al “liberticida” Lincoln sin tener que responder a preguntas más bien incómodas; y quizás también para guiñarle un ojo a sectores poco presentables de su electorado, como los receptores de los famosos newsletters -posiblemente escritos por Llewellyn Rockwell Jr., el flamante columnista de Libertad Digital- y, en general, a esa unholy alliance de paleolibertarios y nostálgicos del Viejo Sur que se viene fraguando hace años. En cualquier caso, el discurso de Ron Paul es ilustrativo de un estado de opinión según el cual no hay nudo en la experiencia humana que la acción impersonal y benéfica del mercado y la “ética de la libertad” no puedan desatar -en otros casos podríamos sustituir los agentes dados por “diálogo”, “modelos de actor racional”, “movilización social”, “leyes históricas”, etc.

En el fondo del planteamiento de Paul parece subyacer la vieja idea de que el esclavismo es siempre ineficiente frente a otros sistemas de producción, un argumento que data al menos de Adam Smith. Esta descripción edificante de la realidad pone el juicio moral al principio y no al final de la cadena: se asume que el esclavismo es ineficiente porque la posibilidad de que sea eficiente repugna a la razón. Y no puede admitir que haya condiciones en las que el empleo de mano de obra esclava sea no sólo eficiente sino óptimo, ya fuera en la Sicilia del siglo I, en el Caribe colonial o en los condados algodoneros del Viejo Sur.

En el caso de estos últimos, los datos no permiten mantener la ilusión de que la esclavitud fuese una institución decadente hacia 1860. La producción total de algodón había pasado de 4000 balas en 1791 a más de 5 millones. Las exportaciones del Sur -fundamentalmente algodón, pero también cáñamo, tabaco, azúcar…- superaban a las del Norte en un contexto internacional favorable a las materias primas. La esclavitud sostenía la economía de plantación, y pasó en unas décadas de ser una institución indiferente para la mayoría de los sureños a convertirse un pilar económico e ideológico irrenunciable. Desde comienzos de siglo, y de manera paralela al crecimiento del negocio algodonero, se había producido un proceso de concentración en la propiedad de la tierra y los esclavos y, consecuentemente, en la renta. La extraordinaria y creciente desigualdad de renta en el Sur [1] hacía que la esclavitud fuese no sólo económicamente rentable, sino ideológicamente necesaria para mantener la cohesión de blancos ricos y pobres, para mantener la ficción de que tanto el terrateniente de Charleston como el hillbilly o clay-eater de los Apalaches pertenecían a una misma clase, la de los hombres libres.

En un paper clásico de 1958 que inauguró la cliometría, Alfred H. Conrad y John R. Meyer propusieron un modelo económico binario para el Sur según el cual el Bajo Sur producía las cosechas mientras el Alto Sur, menos apto para la plantación, producía los esclavos para el primero. Así, ambas secciones se beneficiaban de la gran economía de plantación en un sistema integrado:

El esclavismo era rentable para todo el Sur: la demanda continua de trabajo en el Cinturón Algodonero aseguraba beneficios para el negocio de cría en las tierras menos productivas de la costa y los estados fronterizos. Los beneficios de la cría, sin embargo, eran necesarios para hacer el negocio de la plantación tan rentable en las tierras pobres como otras actividades alternativas contemporáneas en los Estados Unidos.

En la estela de Conrad y Meyer, Robert Fogel -Premio Nobel con Douglass North en 1993-y Stanley Engerman publicaron en 1974 Time on the Cross: The Economics of American Negro Slavery. Se trataba de una muy controvertida revaluación cliométrica del debate sobre la rentabilidad de la esclavitud y su necesaria decadencia. Muy criticado por basarse en series de datos fragmentarias y quizás no representativas, y por presentar una imagen excesivamente suave de la institución, sus conclusiones más generales sobre la vitalidad del sistema esclavista parecen no obstante resistir el paso del tiempo.

De hecho, se ha señalado que la mayor amenaza que se cernía sobre la economía de plantación no provenía del sistema de trabajo sino de la propia tierra: el agotamiento del suelo. Es posible que las propias tierras sin roturar del Sur hubieran podido acomodar la economía esclavista durante décadas. J. G. Randall, autor de un manual de referencia durante medio siglo, The Civil War and Reconstruction, señalaba aumentos en la tierra roturada de entre un 61,5 y un 1832,1% en varios estados sureños entre 1850 y 1910. Con todo, el problema del suelo se sintió con fuerza en el Viejo Sur, como en otras civilizaciones agrarias o que aspiraban a serlo. En The Southern Dream of a Caribbean Empire, Robert May documentó las aspiraciones imperialistas sureñas en el Caribe y Centroamérica; la mera existencia de estos planes pone en evidencia hasta dónde estaban dispuestos a llegar algunos antes de renunciar a su negocio y su cultura. Tampoco cabe olvidar que en el origen de la Guerra Civil se encuentra una querella sobre la expansión de la esclavitud a los territorios vírgenes del Oeste (Wilmot Proviso, 1846).

Negroes

Pero hay otros datos para quienes pretendan sustituir las “soluciones” de Ron Paul por algún esquema alternativo de incentivos: los propietarios de esclavos representaban apenas un 6% de la población blanca total del Sur, y de ellos, alrededor de la mitad poseían cuatro esclavos o menos. Los varones sureños que fueron a la guerra a morir en la terrible proporción de 1/4 [2] eran en su mayoría hombres sin intereses directos en la gran economía de plantación que sostenía la mano de obra esclava. Como los palestinos de hoy, muchos de aquellos hombres estaban dispuestos a morir o a llevar una existencia pobre y brutal antes que romper el círculo vicioso de la tradición, el honor y la vergüenza. Randall concluía:

Un análisis definitivo muestra que la actitud de los sureños hacia su “institución peculiar” no estaba determinada por tales fuerzas económicas. La esclavitud era para ellos parte de un modelo de vida; la reconocían por doquier, la tomaban como norma. No es sólo que la institución se defendiera económicamente, pues, como ha hecho ver F. L. Olmsted, “la vitalidad del esclavismo no necesita depender en ningún lugar de su mera bondad como sistema de trabajo”. El sentimiento de estabilidad social, que comprendía el rechazo de la innovación y el orgullo por los rasgos distintivos de la vida del Sur, operaba como un poderoso determinante; y ningún argumento tenía más peso que la pregunta: ¿Qué sucedería si esos millones de negros se soltasen en la sociedad?

NOTAS

[1] Según W. E. Dodd, mil familias terratenientes “obtenían más de 50 millones de dólares al año, mientras que las restantes 666.000 familias obtenían sólo unos 60 millones”.

[2] Los muertos sureños en la guerra (258.000), la mayoría debidos a enfermedad y privaciones, representaron alrededor de un 5 % de la población blanca total de los Estados Confederados. Por ofrecer algunos términos de comparación, los porcentajes para Japón y la Gran Alemania en la Segunda Guerra Mundial fueron de 3,78 y 10,47% respectivamente sobre la población total -ténganse en cuenta los muertos civiles, que representan una porción despreciable en la Guerra Civil-, y 23,1 y 27,95% para los movilizados.

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Estado y mercado: la Segunda Guerra de los Cien Años

Mayo 27, 2008

El liberalismo estándar difundido en la red ha querido convertir el debate sobre el Estado en un panorama maniqueo de absolutos morales. Según la nueva Vulgata liberal -en realidad, un refrito de tendencias americanas fusionadas al calor de la revolución conservadora-, la historia económica viene a ser un combate entre una iniciativa privada angélica, responsable de la creación de riqueza, y un Estado que tiende siempre a abarcarla y asfixiarla. Este esquema sentimental obvia por lo general análisis más complejos sobre la naturaleza de los Estados y distinciones como la que hace Fukuyama entre strength y scope, y se inventa una especie de capitalismo taoísta según el cual los mercados se expanden y se mantienen no ya mediante manos invisibles sino por la Divina Providencia. Lejos de plantearse los imprescindibles trade-offs, asume la misma actitud 100% que las impugnaciones del sistema procedentes de la izquierda radical.

En el mundo real, fuera de la “batalla de las ideas”, las categorías empleadas en el discurso ideológico pierden sus nítidos contornos, y el análisis ha de tener en cuenta gradaciones y abandonar la escenificación de un férreo moralismo. Por supuesto, no existe tal cosa como una economía liberal o una economía socialista puras, sino economías mixtas en diversos grados. Y si, idealmente, los mercados tienden a funcionar mejor cuanto menos interfiere el poder estatal, es preciso reconocer que su existencia no se debe a una necesidad metafísica, y que su despliegue suele adquirir la forma de procesos e incluso decisiones intrínsecamente políticos. Hasta el punto de que muy a menudo es difícil dilucidar donde acaba lo político y donde empieza lo económico, Estado y Mercado.

El mercado común mediterráneo auspiciado por el dominio romano -la primera globalización- no se materializó hasta que Roma hubo eliminado a sus competidores, singularmente Cartago, ni hasta que Pompeyo y César hubieron acabado con la piratería merced a flotas que, por supuesto, no se reunieron espontáneamente. La segunda globalización, la decretada por la Royal Navy en los mares decimonónicos, dependía de un sistema geopolítico emanado de las Guerras Napoleónicas, que a su vez habían comenzado a decantarse seguramente unas décadas antes, en la Guerra de los Siete Años. Como el lector recordará, este conflicto enfrentó a Inglaterra y Francia en el continente -donde la subvencionada Prusia cargó con la parte principal de la lucha- y en las colonias ultramarinas. Aunque los contemporáneos, en general, no lo apreciaran, este último fue el teatro verdaderamente decisivo: Francia fue expulsada del Canadá y su presencia en Norteamérica se desvaneció con la cesión de la Luisiana a España. Además, los británicos obtuvieron una ventaja en la India que aprovecharían en las décadas siguientes. La guerra marcó el camino de la decadencia francesa y de una hegemonía británica basada en el dominio de los mares. En el último cuarto del siglo XVIII, la independencia de los Estados Unidos pareció interrumpir la tendencia, que, si embargo, se confirmó en el Primero de Junio, Abukir y Trafalgar, las batallas que decidieron realmente el curso de las Guerras Napoleónicas.

Es tentador, por tanto, considerar la Guerra de los Siete Años y las Guerras Napoleónicas -la fase final de la Segunda Guerra de los Cien Años- como momentos decisivos en la génesis de la Gran Divergencia, el proceso por el que Europa Occidental pasó del mundo malthusiano del Antiguo Régimen al orden capitalista-liberal que nos es familiar. ¿Por qué se impuso Inglaterra, la potencia liberal, a Francia, el Estado simbólico del absolutismo centralista? Podemos arriesgarnos a resumir un análisis muy complejo -hacia 1750, Francia cuadruplicaba en población a Inglaterra y Gales, y estaba presente en el Caribe, Norteamérica y la India además de ser el árbitro de la geopolítica continental- con una fórmula sencilla: Inglaterra era un Estado más eficiente. Niall Ferguson:

It was a victory based on naval superiority. But this in turn was possible only because Britain had one crucial advantage over France: the ability to borrow money. More than a third of all Britain’s war expenditure was financed by loans. The institutions copied form the Dutch in the time of William III had now come into their own, allowing Pitt’s government to spread the cost of war by selling low-interest bonds to the investing public. The French, by contrast, were reduced to begging or stealing.

A su vez, la credibilidad del Estado británico se fundamentaba en una fiscalidad nacional unificada y racionalizada. Tim Blanning:

The ‘Second Hundred Years War’ was not won at Quebec or Tafalgar or Waterloo, or even on the playing fields of Eton, but in the Treasury in London. (…)

Just because the political nation controlled public expenditure, and just because so many of its members benefitted from it, Parliament was that much more willing to give its consent to new or enhanced taxation. Moreover, in its direct form, it was taxation that was both national and local: national in the sense that it was applied equally to all parts of the kingdom, local in the sense that it was assesed and collected by representatives of those who paid it -the landowners.

Direct taxation -the land tax and taxes on other forms of personal wealth or indicators of status- was not, however, the most important form of revenue, for it yielded only about 42 per cent of the total during the Nine Years War, 38 per cent during the War of Spanish Succession, and went on falling to 18 per cent in the 1780s. Even the introduction of the income tax in 1799 did not raise the share to more than a third. The main burden was carried by customs and excise. After 1660, responsibility for their collection was shifted from private tax-farmers to public officials, bureaucratically controlled. The advantages of indirect taxation were twofold. First, although it bore heaviest on the poor, because it was a tax on consumption, the fact that it was paid at the port of entry or in the manufactory and was incorporated in the price meant that it was relatively invisible. Secondly, it allowed the state to benefit from the expansion of commerce, through customs dues, and from the consumer revolution of the eighteenth century, as excisable commodities such as tea, sugar and tobacco passed down the social scale to become the necessities of the masses. (…) This expansion was accompanied by professionalization. As John Brewer has written: ‘Dependent upon a complex system of measurements and book-keeping, organised as a rigorous hierarchy based on experience and ability, and subject to strict discipline from its central office, the English Excise more closely approximated to Max Weber’s idea of bureaucracy than any other government agency in eighteenth-century Europe.’

In short, the fiscal system that evolved in England in the course of the seventeenth century was universal, bureaucratic, professional and public.

Como ya vimos en el caso del derecho y las instituciones, la representación de una Francia borbónica monolítica, centralista y omnicomprensiva, de un scope casi ilimitado, enmascara la realidad de su limitada fuerza. Por contra, el Estado británico fue capaz de canalizar una cantidad ingente de recursos sin renunciar a su cultura de la soberanía, la iniciativa y la libertad individuales. Una cultura que se extendió por el globo gracias a la vitalidad y fortaleza de la nación política construida sobre ella.

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Que no se pierdan

Mayo 11, 2008
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Master of my domain

Mayo 7, 2008

A partir de ahora, la URL de esta bitácora es http://neoconomicon.com. Podéis apear el “wordpress”, aunque la dirección antigua seguirá redirigiendo aquí y los enlaces deberían funcionar sin problemas.

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Cuando el odio alimenta al cine

Mayo 6, 2008

Cuando el cine alimenta el odio se titula la última entrada de Mónica G. Prieto en el blog de El Mundo dedicado a Oriente Medio. La bitácora -en realidad, uno de esos falsos blogs sin hipervínculos ni comentarios que proliferan ahora en los viejos medios- carece por lo corriente de otro interés que no sea el documentarse sobre los vicios de pensamiento y la mauvais foi del periodismo occidental. Por lo general, no se aparta un milímetro de las versiones estándar sobre los varios conflictos de la zona, esas que tan bien sintetiza la obra pseudo-historiográfica de Robert Fisk. Un inconcreto anarquismo altermundista en el que -es mi opinión- no se criminaliza tanto a Israel por judío y a EEUU por capitalista cuanto a ambos por ser Estados modernos frente a, en la visión ideal, un magma de pueblos intrahistóricos, de salvajes nobles y leales aun si un poco brutos.

La corresponsal Prieto se ha destacado por ser la más beligerante de la terna bloguera, internándose a veces decididamente en terrenos a los que nos han acostumbrado Maruja Torres y otros insignes propagandistas. Hoy lo borda. Transcribo el final de su artículo, negritas mías.

Desde que comprobó el tono calumnioso con el que el cine trata a la comunidad árabe, Shahin se dedica a dar conferencias en todo el mundo para poner de relieve el daño que hacen los estereotipos en el subconsciente colectivo [sic]. También actúa como consultor de algunos directores que no desean caer en el tópico –asesoró a la caracterización de personajes de ‘Tres Reyes’ y ‘Syriana’- y prosigue con sus libros, el quinto y último titulado ‘Culpable: El Veredicto de Hollywood sobre los Árabes tras el 11-S’, en que analiza las películas realizadas tras los atentados contra las Torres Gemelas.

Quizás sería interesante hacer un estudio sobre cómo ocurre exactamente lo contrario con la cultura judía, asimilada como parte indisoluble de la cultura occidental gracias a Hollywood. Muchas de las cintas norteamericanas que pueden verse en cine y televisión muestran ceremonias tradicionales judías (presentadas como si todos los espectadores tuvieran que estar familiarizados con ellas), aluden a las fiestas del calendario judío como si fueran universales e incluyen la kippa (el tradicional tocado judío) con una frecuencia pasmosa, mientras resulta inimaginable que ninguno de los protagonistas emplee –no ya con la misma asiduidad, sino en una sola ocasión durante toda la cinta- el típico pañuelo árabe. Así resulta difícil que la sociedad estadounidense cuestione la política israelí en Oriente Próximo.

El último párrafo en particular es magnífico: introduce a Israel y al judaísmo donde aparentemente no tenía nada que ver -¡pero cómo no van a tener que ver!-, y lo hace para apuntalar una explicación deliciosamente blank slater, esto es, periodística, de la hipotética arabofobia: los americanos odian -primera suposición- a los árabes porque en las películas salen árabes malos; y no, pongamos por caso, y demos por buena la primera suposición, porque unos árabes que no estaban actuando destruyeron el centro de Manhattan. Y el judaísmo es parte de Occidente porque así lo dicta Hollywood que, como todo el mundo sabe, está dominado por los judíos.

Uno, si acaso, piensa que los discursos occidentales sobre el islam y el mundo árabe pecan más bien de hipercorrección, pero admitamos que el profiling ha sido y será práctica poco menos que inevitable; más aún cuando la vida pueda ir en ello. Sin embargo, en cuanto a instrumentalización de los medios para el odio de raza y religión, EEUU tiene poco que enseñar a dar-al-Islam. Unos pocos ejemplos:

Hamas TV. El Holocausto fue una conspiración sionista para eliminar a los débiles, enfermos y ancianos y forzar la emigración a Palestina.

Al Rafidein TV (Iraq). Los Presidentes de EEUU, carniceros de la historia -incluyendo a Lincoln y Wilson.

Hamas TV. El ministro de cultura (?) de Hamas lee los Protocolos de los Ancianos de Sión.

Hamas TV. Un vídeo musical: “Una bomba cada minuto… trozos de carne de judíos en bolsas negras”.

Irán. Órbita Cero (Serie): Los agentes sionistas asesinan al rabino de Teherán para intimidar a los judíos iraníes y forzar la emigración a Palestina.

Un tráiler: El Valle de los Lobos -Iraq. El blockbuster de acción turco se desarrolla en un Iraq más parecido al Grossraum nazi, donde los americanos matan civiles a diestro y siniestro y un médico judío roba órganos para venderlos en el mercado negro -a otros judíos, claro.

Y un clásico: Farfur, el gemelo supremacista de Mickey…

… asesinado por los sionistas.

¿Una muestra representativa? Supongo que, por lo menos, tanto como la seleccionada por Shahin. Mucho más en MEMRI. Con todo, ya saben ustedes que el género en que los cineastas árabes están innovando verdaderamente es el documental de ficción.

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Colaboraciones

Abril 18, 2008

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Hoy, guest-blogging. Un informante anónimo me envía el siguiente comentario de texto:

La baba en la pluma

DANIEL ANIDO/ DIRECTOR de CADENA SER   17-04-2008

 Cuando fluye la baba y el periodismo se acojona la tiniebla va cubriendo el espacio vacío aquí claramente se ha topado con una imagen que no sabía resolver: la tiniebla ¿qué puede ir cubriendo? ah, claro, un espacio vacío; un territorio abandonado que ocupan pajilleros, reprimidos, grasientos, puteros, siniestros, cobardes y acomplejados, con nombres y apellidos. ¿Y por qué al final los acusa “de querer robarles el oficio” si lo que están ocupando es un territorio abandonado, es decir, donde no hay nadie? Y otra cosa, los otros no sé, y Anson será un rijoso y lo grimoso que se quiera, pero ha sido director del ABC y de la agencia EFE, o sea que un intruso no es.
Son de ilustres la elección de este adjetivo denota a un resentido social burgos, ansones, losantos, pejotas, usias y alguna que otra schlichting, pero segregan ese “ese” ¿”ese” cuál? ¿el que él y yo sabemos? echo en falta una proposición comparativa o especificativa, verbigracia: ese líquido que sueltan los granos purulentos, o algo así líquido viscoso y corrompido por para que la frase estuviera clara debería haberla ordenado así: “segregan por la comisura, bla, bla, bla, ese líquido etcétera. Tal y como la ha escrito, parece que es la comisura la que ha corrompido el líquido. Que por cierto, ¿antes de la corrupción qué clase de líquido era? ¿Un líquido benéfico, aun cuando viscoso? la comisura de sus parpados, acentuando el asco que desprende su mirada. Que yo sepa, el asco es una sensación que se suscita en el ánimo del que ve lo asqueroso, no una cualidad de lo observado.

 Tenemos que mirar sus caras ¿con qué objeto? ¿quiénes?,¿es una exhortación a que lo hagamos todos a una o un lamento por no tener más remedio que tragarnos sus jetas? seguir con atención el recorrido ídem, tengo la tentación de escribir, pero al ver que dice “con atención” tengo que pensar que efectivamente era un imperativo. No sé por qué debemos mirar algo que tanto nos desagrada, sobre todo porque al final del párrafo no dice a dónde nos conducirá tan empeñada labor; ver como cómo avanza ese residuo pútrido que desciende por los pliegues por los famosos pliegues que separan los párpados de la boca en todo rostro humano hasta la boca, como cómo carcome gota a gota la acción de erosión que produce el agua, o los líquidos, cualquier cosa que puede caer gota a gota, no es la carcoma lengua relamida qué asco: aquí los acusa de que se chupan la lengua unos a otros; como cómo la inunda y luego la desborda, para proseguir su camino hasta la mano pegajosa que sostiene bueno, si las tienen tan pegajosas no les hará falta sostenerlas la pluma y derramar allí toda su miseria. Miseria que viene a sustituir al líquido pútrido, que una vez completado el pesado trayecto cede su sitio con gracia a esta miseria. ¿”su” de quién, o de qué por cierto?  Ahondo en los bolsillos de mi pedantería y me molesto en observar que a lo mejor me he pasado de lista al añadirle los acentos a los comos, porque a lo mejor este incomprendido portento quería componer frases comparativas, así: “tenemos que ver -ver entendido como acción absoluta, intransitiva, como el que dice “tenemos que vivir”-,  tenemos que ver del mismo modo que un residuo pútrido avanza” ¡Audaz imagen, joven vate! Quizá se resiente demasiado de la influencia de la teoría del color de Goethe, pero no es malo que un aspirante a escritor se deje llevar por la voz de los grandes.

Cuando fluye toda esta baba compartida y el periodismo se acojona  es claro que domina la anáfora, estos mirones clandestinos no como los otros mirones, que confiesan abiertamente su vicio, estos fetichistas de la mugre, se proclaman profetas con derecho de pernada un cruce entre Elías y señor feudal, para entendernos, levantan púlpitos con barrocos barrocos como la basílica de El Pilar: léase malintencionados tornavoces, apoyan sus falanges ¡extraordinaria habilidad de contorsionista!, por otro lado nada sorprendente en anatomías tales que son capaces de segregar líquidos purulentos y a la vez tan acuosos que se deslizan por los pliegues de los mofletes  en el antepecho, despliegan su abyección más tenebrosa y corrompen el espacio compartido compartido como la baba, aunque me había parecido entender que el espacio estaba abandonado.

Cuando el periodismo se acojona el rey de la anáfora, insisto, pero ¿es que los otros periodistas -los legítimos- se han acojonado? delante de estos usurpadores del oficio EFE, ABC, DIARIO16, EL MUNDO, la cloaca extiende su dominio, se adueña de la plaza pública y construye allí su pasatiempo favorito: el juego delictivo del insulto imagen extraordinariamente gratuita, a pesar de a lo que nos tiene acostumbrados desde hace varias líneas, donde prevalece y se premia la discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social léase esto dándose bien de golpes en el pecho, como pueden no me queda muy claro cuál es el sujeto de “pueden” ser la orientación sexual ¡ah! nos explica que una determinación de sexo -o de los otros tipos- puede ser la orientación sexual , la fe o falta de ella, la ideología, la gestación o falta de ella, la edad, el nombre o el apellido no sé qué discriminación es la que se hace por el apellido, salvo que se refiera a cuando los compañeros de clase se burlan de Paquito Menéndez-Cabezudo, o cosas así. Claro que sospecho que aquí también quería añadir “o la falta de apellido”.

Cuando el periodismo se acojona delante de estos mediocres a pesar de tener esos cuerpos tan fuera de la norma, que confunden la baba con el intelecto ?, nuestra profesión pierde el futuro esto lo ha copiado del discurso de clausura de un congreso de periodistas en Bollullos de la Mitación; los ciudadanos, su libertad le ruego se extienda sobre ese particular, porque de repente el problema parece que me atañe directamente, y la democracia, el sentido como en la famosa sevillana rociera.

El periodismo tiene que hacer frente a la contaminación que desprenden estos exhibicionistas de la baba en la pluma, a la perversión que esconden bajo el necesario paraguas y su compañera, la imprescindible gabardina de la libertad de expresión.

Son previsibles a pesar de lo cual me molesto en componer su monstruosa descripción. Se plantan delante de sus víctimas y abren con rapidez sus gabardinas ¿ves? , dejando ver su desnudez intelectual ellos confundían la baba con el intelecto (aunque creo que quería decir el intelecto con la baba), pero ahora él lo confunde con la polla). Pero, una coma tan necesaria como el paraguas son cobardes. Si les plantamos cara, mirando fijamente sus despojos orgánicos porque a pesar de su inhumanidad no son cyborgs, señalando con el dedo o con la caja torácica su minusvalía porque entre las condiciones o circunstancias personales o sociales que no deben conducir a la discriminación no se mencionaba la minusvalía y mostrando nuestro desprecio con una sonora carcajada, que al tiempo alerte al resto de la ciudadanía por lo sonora, se entiende, salen ¿o saldrán? corriendo a esconder sus complejos y sus colgajos… atención: en el fango.

(A ellas, que sufren estos días el maltrato de quienes quieren robarnos el oficio: disculpas.) ¡Claro que sí, guapísima! ¡Dos besos!

Resumiendo: el odio es enemigo del criterio. Y tampoco se lleva muy bien con la sintaxis.

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De qué son nostálgicos los nostálgicos

Abril 14, 2008

Hace algunos años, unos intelectuales que decían asociarse en “defensa del Espíritu” reclamaban entre otras cosas el cese de la investigación aeronáutica. A su juicio, no necesitamos aviones que vayan más deprisa. Álvaro Mutis, uno de los promotores del manifiesto, afirma no hallar nada de su gusto ni de su interés en el mundo “desde la caída de Constantinopla” -algo sensacional si tenemos en cuenta que nació en Bogotá. Fernando Sánchez Dragó retrasa la pérdida hasta el siglo V antes de Cristo. Y otros nostálgicos más pedestres se conformarían con revertir la nefasta influencia del liberalismo, padre del izquierdismo, el cientifismo y otros males sin cuento.

Desde luego, no se les puede acusar de originalidad. La aparición del ferrocarril fue saludada con una letanía de predicciones apocalípticas, y hubo quien vaticinó la imposibilidad de viajar a “altas velocidades”: la gente moriría de asfixia. Aún hoy, la condena de la velocidad, de la prisa, es una idée fixe de los nostálgicos de derecha e izquierda. Se comprende la obsesión, pues es bien sabido que el Espíritu la soporta mal. El único placer verdaderamente moderno, como la llamó Aldous Huxley, es esencialmente eso: un fenómeno de la modernidad. No hace tanto que el hombre vivía ajeno a ella y, en general, a la posibilidad de desplazamientos largos. Tim Blanning, sobre el período 1648-1815:

Se precisaban cuatro o seis animales de tiro por coche, y había que cambiarlos cada 6 o 12 millas dependiendo del estado de las carreteras. En Inglaterra se calculaba que se necesitaba un caballo por cada milla de viaje en una carretera de peaje bien cuidada. Así que, para las 185 millas de Manchester a Londres, había que mantener 185 caballos estabulados y alimentados para hacer los diecisiete cambios que requerían las diligencias que cubrían la ruta. Esos caballos requerían a su vez un ejército de cocheros, postillones, guardias, mozos de cuadra, venteros y mozos de paja y cebada para mantenerlos en marcha. Dado que un coche no llevaba más que diez pasajeros, las tarifas eran consecuentemente altas, fuera del alcance del grueso de la población. Un viaje de Augsburgo a Innsbruck en diligencia, aunque de poco más de 60 millas en línea recta, le hubiera costado a un trabajador no cualificado más del sueldo de un mes sólo por el transporte. En vísperas de la llegada del ferrocarril, después de que mejoras significativas en las carreteras y los carruajes hubieran reducido el coste apreciablemente, un viaje en diligencia de París a Burdeos aún costaba el equivalente del sueldo mensual de un empleado. El historiador social alemán Karl Biedermann, que escribía a mediados del s. XIX, estimó que viajar había sido catorce veces más caro dos generaciones antes. Sólo la introducción de la locomotora de vapor, capaz de tirar de un tren con cientos de personas, pudo crear economías de escala y democratizar el viaje.

“Democratizar” quizás sea aquí la palabra clave. Esta claro que a los nostálgicos no les molesta tanto la velocidad cuanto que esté al alcance “de cualquiera”. Es común la denigración del “turista”, entendido que el que habla nunca es tal sino “viajero”. Y el “viajero” echa de menos un mundo en el que sólo viaje él. Un mundo como el que describe Gregory Clark, en el que el común de la gente no sólo vive sus vidas en el limitado espacio de unos pocos kilómetros, los que recorre a pie durante el día para trabajar, conseguir agua, leña y algún producto del bosque y, ocasionalmente, acercarse a alguna feria local o romería; sino que es esa misma gente la que proporciona la mayor parte de la energía:

En la era preindustrial, las personas suministraban mucha de la energía para la producción, ya fuera como trabajadores agrícolas -cavando, acarreando, trillando-, como cortadores de leña, fabricantes de ladrillos, forjadores o porteadores. En nuestra sociedad, no sólo tenemos máquinas que realizan esas tareas, sino también otras que nos llevan de la cafetería al lugar de trabajo. En estos lugares de trabajo, otras máquinas nos suben y bajan de un piso a otro. Así, pese a nuestros elevados ingresos y estatura relativamente alta, el varón medio en los Estados Unidos ingiere sólo unas 2700 calorías al día, y muchos experimentan aun así aumentos sustanciales de peso. En la década de 1860, los trabajadores agrícolas varones de algunas regiones de Gran Bretaña, generalmente más bajos y ligeros que los varones estadounidenses modernos, ingerían unas 4500 calorías al día. Consumían tanto porque se empleaban en tareas físicas diez horas al día trescientos días al año.

Para mantener semejante actividad, nuestros antepasados del mundo preindustrial debían estar muy bien alimentados. Pero no era siempre el caso:

Los datos de que disponemos para Inglaterra proceden de encuestas en familias pobres, principalmente de trabajadores agrícolas, hechas entre 1787 y 1796 como parte del debate sobre los costes crecientes de la Poor Law. Los pobres ingerían una media de sólo 1508 calorías por día. La renta per cápita media en estas familias, 4,6 libras esterlinas, era sin embargo sólo un 30% de la renta media inglesa, 15 libras. (…)

El hombre primitivo comía bien en comparación con una de las sociedades más ricas del mundo en 1800. De hecho, para 1863, los trabajadores agrícolas ingleses acababan de alcanzar la mediana de consumo de estas sociedades de cazadores-recolectores y agricultores de subsistencia.

Además, la dieta inglesa de la década de 1790 tenía típicamente un contenido proteico inferior a las dietas de estas sociedades tecnológicamente simples. (…)

La variedad de la dieta es otro componente importante del bienestar humano. Para 1800, la dieta europea se había enriquecido con la introducción de especias, azúcar, té y café de Asia, y patatas y tomates del Nuevo Mundo. Pero para el europeo típico, dicho enriquecimiento era bastante limitado. En Inglaterra en 1800 la dieta diaria se suplementaba en promedio con 0,85 onzas [24 gr.] de azúcar, 0,07 onzas [1,98 gr.] de té, 0,004 onzas [0,11 gr.] de café y 0,05 onzas [1,41 gr.] de tabaco. El grueso aplastante de la dieta era la tradicional monotonía diaria de pan, aliviada con modestas cantidades de vacuno, cordero, queso y cerveza. En contraste, las dietas de los cazadores-recolectores y agricultores de subsistencia tenían una amplia variación [1].

Dados el trabajo físico y la malnutrición crónica, más el escaso desarrollo de la medicina y la higiene, no es de extrañar que la enfermedad campase a sus anchas por el mundo que los nostálgicos echan de menos. Como frívolos que son, no se detienen a pensar en cómo la sombra siempre presente de una muerte intempestiva oscurecía la vida de nuestros antepasados. Así narraba el curtidor Miquel Parets los efectos de la peste de 1651 en Barcelona (traduzco de la traducción inglesa en Blanning):

Dios se llevó a nuestra niña el día siguiente a la muerte de su madre. Era como un ángel, con una cara de muñeca, bonita, alegre, pacífica y tranquila, que hacía que todos los que la conocían se prendasen de ella. Y despues, a los quince días, Dios se llevó a mi hijo mayor, que ya trabajaba y era un buen marinero, y que iba a ser mi sostén cuando me hiciese viejo, pero esto no me correspondía a mí sino a Dios, que quiso llevárselos. Dios sabe por qué hace lo que hace, Él sabe lo que es mejor para nosotros. Hágase Su voluntad. Así, en menos de un mes, murieron mi mujer, mis dos hijos mayores y nuestra hija pequeña. Y quedé con Gabriel, de cuatro años, que de todos tenía el carácter más difícil.

La medicina precientífica poco podía contra enfermedades cuyo origen no entendía y cuyo curso no sabía tratar. Pero incluso dolencias menos misteriosas recibían tratamientos inútiles o contraproducentes. Lawrence Keeley sobre la medicina militar en las guerras napoleónicas:

Este era un período en que la medicina no practicaba ni la antisepsia ni la anestesia. Los cirujanos militares en realidad contribuían a la fatalidad de las heridas “sangrando” a los heridos, amputando rutinariamente los miembros heridos, hurgando en heridas sin limpiar con instrumentos no esterilizados y tapándolas inmediatamente con vendajes apretados y sin esterilizar. Todas estas prácticas comunes de principios del siglo XIX inducían shocks o incrementaban las probabilidades de infección. La prescripción a granel de potentes laxantes con la menor excusa, a menudo para soldados que ya sufrían de disentería, difícilmente puede haber ayudado a la convalencencia. Vista con los conocimientos médicos del presente, está claro que la medicina militar durante el siglo XIX era peor que inefectiva: era sin duda perniciosa.

El hacinamiento y la suciedad de las ciudades preindustriales tampoco contribuían a la salubridad general, hasta el punto de que una gran urbe como Londres era, siguiendo a Clark, un agujero negro demográfico de infertilidad y mortalidad rampante, cuya población sólo se sostenía y crecía mediante aportes incesantes del mundo rural. Pues bien, escribe el gacetillero Prada: “El liberalismo, en fin, es el caldo de cultivo que la derecha aliña, creando las condiciones sociales, económicas y morales óptimas para el triunfo de la izquierda, que es la que mejor ha sabido vender las falsificaciones de la libertad inventadas por el liberalismo.” Y es imposible no acordarse del capitán de caballería Gonzalo de Aguilera, que, durante la Guerra Civil, escandalizaba a los reporteros británicos con declaraciones de este involuntario jaez malthusiano:

[La causa de la Guerra Civil es] la introducción del alcantarillado moderno: antes de esto, la gentuza se moría de diversas y muy prácticas enfermedades; ahora sobreviven y, claro, son demasiados.

De no haber alcantarillas en Madrid, Barcelona y Bilbao, todos estos jefes rojos habrían muerto en su infancia en lugar de incitar a la chusma y hacer que se vierta buena sangre española. Cuando la guerra termine, destruiremos las alcantarillas. En España el perfecto control de la natalidad es el que Dios quiso que tuviéramos. Las alcantarillas son un lujo que se reservará a quienes lo merezcan, a los jefes de España, no a la masa de esclavos. [2]

William Hogarth, First stage of cruelty

El tono del militar español no ofendería sólo a los corresponsales, sino a cualquiera que comparta los consensos éticos modernos más elementales sobre la violencia y la dignidad humana. Pero no siempre ha sido así. En el mundo que añoran los nostálgicos, la vida humana vale poco, el dolor es un espectáculo frecuente y la empatía, un lujo que pocos se permiten. Y no hace falta remitirse a sociedades exóticamente primitivas. Recuperemos un fragmento muy citado del Diario de Samuel Pepys (1660), sobre la ejecución de uno de los magistrados que condenaron a Carlos I:

Fui esta mañana a casa de mi Señor, donde encontré al capitán Cuttance. Pero, como mi Señor no estaba, me acerqué a Charing Cross a ver cómo colgaban, arrastraban y descuartizaban al general Harrison, lo que se hizo allí, con el general tan alegre como cualquiera estaría en tal condición. Le cortaron en trozos y su cabeza y corazón fueron mostrados al público, que gritó de alegría. (…) Así que he tenido la oportunidad de ver al Rey decapitado en Whitehall y de ver en Charing Cross la primera sangre que se vierte en venganza por la del Rey.

Para los que no tengan el placer, hanged, drawn and quartered se refiere a un castigo frecuente en la Europa anterior a 1800 para delitos de rebelión y traición; donde el drawn puede ser tanto el “arrastre” (detrahatur) hasta el cadalso como la “extracción” (devaletur) de las entrañas. El reo era ahorcado a poca altura para dejarlo con vida, luego emasculado y eviscerado, quemados genitales e intestinos ante sus ojos y, finalmente, decapitado y hecho cuartos. Introducida por Eduardo I, Longshanks, William Wallace fue uno de los primeros beneficiarios de la pena, que tuvo diversas variantes según las naciones europeas. En la francesa, cuatro caballos de tiro desmembraban al infortunado. En España aún se aplicaba a los bandoleros a finales del siglo XVIII. Y quede simplemente como un ejemplo entre muchos, como podríamos tomar la crucifixión o los programas de los anfiteatros de la antigüedad.

Pero, como ha señalado Steven Pinker, el mundo preindustrial no sólo tenía poco lugar para la compasión por las personas. Todo tipo de espectáculos y prácticas cruentas con animales han gozado de éxito hasta fecha recientes, como atestigua la tauromaquia. “Deportes” que hoy se contemplan con desagrado o indignación, como las peleas de gallos y perros, fueron entretenimiento cotidiano tanto del vulgo como de las clases altas; por no mencionar otros aún más ajenos al paladar moderno, como los enfrentamientos de perros con toros y osos, el manteo de zorros y otras alimañas -que luego solían rematarse a palos- o el tiro al gallo. A los nostálgicos más píos les emocionará saber que cuando los Puritanos ingleses reprobaron las luchas de osos no pensaban tanto en lo cruento del espectáculo cuanto en que se celebrase en domingo.

Finalmente, y por detenernos en algún lugar, el mundo preindustrial no era generoso con quienes pretendían vivir de la pluma. El mismo Pepys, santo patrón de los blogueros, no fue reconocido en su tiempo por un Diario de carácter privado y no publicado hasta el siglo XIX: debía su posición al patronazgo y a sus cargos en el Almirantazgo y el Parlamento. El escritor profesional, más aún el columnista, debe su existencia a fenómenos ausentes en la historia, salvo raras excepciones, hasta hace apenas dos siglos: una esfera pública desarrollada, una cultura del ocio y de la vida privada y, last but not least, poblaciones mayoritariamente alfabetizadas. Como cualquier antisistema, el nostálgico se rebela contra la única sociedad que hace posible su existencia.

Esta entrada había necesariamente de ser parcial, anecdótica, impresionista; con todo, se ha alargado en exceso. Espero que dé una idea siquiera aproximada de lo que los nostálgicos tienen, por usar la expresión de William Burroughs, en la punta del tenedor. Un verdadero conservador como Disraeli ya alertaba contra esta cruda caricatura del conservadurismo, a la que quizás no haya que prestar mayor atención, por cuanto muchos de sus defensores lo son por mera frivolidad o narcisismo: creen haber hallado la receta para seguir escandalizando al buen burgués cuando ya las viejas rebeldías no escandalizan a nadie.

NOTAS

[1] Quien se sienta tentado, a la vista de estos datos, de abandonarse a otro tipo de nostalgia, la del Buen Salvaje de vida idílica en su paraíso natural, hará bien en recordar el precio que pagan estas sociedades primitivas en términos demográficos y de extensión de la violencia.

[2] Citado por Paul Preston en Franco, Caudillo de España.

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Islam y rearme cristiano

Abril 13, 2008

Artículo en Lorem Ipsum.

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Estúpidos yankis

Abril 9, 2008

Paco Mart�nez Soria

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Abril 7, 2008

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The War Lord

Abril 6, 2008

ACTUALIZACIÓN: Entre las notas y obituarios dedicados a Heston en la prensa española, pocas referencias a su militancia progresista en los cincuenta y sesenta, a su implicación en la lucha por los Derechos Civiles y su apoyo a los candidatos demócratas. Ni siquiera en los que arremeten contra Michael Moore (dos en El País, curiosamente) -de Clooney, otro héroe, no he leído nada. Una lástima: hubiera servido para trazar un retrato más interesante del personaje, y de su país: de las tortuosas relaciones de ambos partidos con la cuestión racial, de cómo las zozobras de los sesenta y setenta llevaron a muchos de un lado al otro del espectro político… Suponiendo que eso le interese a alguien.

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Dark Satanic Mills

Abril 5, 2008

Leyendo sobre molinos y capitalistas, no he podido evitar acordarme de otros molinos, los satánicos de que habla Jerusalem, el poema de Blake convertido en himno por Parry [1]:

And did those feet in ancient time
walk upon England’s mountains green?
And was the holy Lamb of God
on England’s pleasant pastures seen?
And did the countenance divine
shine forth upon our clouded hills?
And was Jerusalem builded here
among these dark Satanic Mills?

Bring me my bow of burning gold!
Bring me my arrows of desire!
Bring me my spear! O clouds, unfold!
Bring me my chariot of fire!
I will not cease from mental fight,
nor shall my sword sleep in my hand,
till we have built Jerusalem
In England’s green and pleasant Land.

Pese a que circulan otras interpretaciones, es habitual considerar que dichos “molinos satánicos” simbolizan la irrupción de la primerísima revolución industrial en la “idílica” Inglaterra del siglo XVIII -esa que probablemente no había salido aún de la trampa malthusiana. En Gran Bretaña, las inevitables tensiones entre lo pasado, lo presente y lo -imaginado o temido- futuro se resolvieron de manera menos cruenta que en otros países (Alemania, Rusia, Japón, España, hoy el mundo árabo-islámico), quizás por la rapidez, completitud y originalidad de la transición, por la existencia del vasto imperio colonial, por las peculiaridades ideológicas, demográficas y políticas de la isla, o por otros factores más difíciles de identificar. Pero existieron. Los británicos fueron tan susceptibles como cualquier otro pueblo a experimentar la melancolía y el misoneísmo, si bien no tanto a sucumbir a ellos.

Greg Clark ha propuesto que las virtudes culturales que hicieron posible el surgimiento de la revolución industrial, la transición original del mundo malthusiano al actual, colmataron en la sociedad británica como consecuencia de un proceso de movilidad hacia abajo en la escala social -por el diferencial reproductivo de las clases acomodadas- en un contexto de estabilidad política y cultural, datable al menos desde el siglo XII. Se trataría de un conjunto de memes, ideologías, talantes y temas éticos entre los que sobresale la baja preferencia temporal, pero también otros ya conocidos como el cumplimiento de los contratos y la fidelidad a la palabra dada, la laboriosidad, el respeto por la cultura escrita y los números, etc. Un panorama aparentemente similar al descrito por Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, sólo que la tesis de Clark es materialista: la ética protestante no sería el desencadenante del proceso sino, en todo caso, una de sus manifestaciones [2].

Es cierto que Jerusalem debe su relevancia al espíritu patriótico más que al religioso; y que, si el músico Parry fue un ejemplar acabado del establishment cultural victoriano, es difícil proponer el excéntrico misticismo de Blake -que recibía a las visitas desnudo junto con su esposa- como prototipo de la religiosidad y la ética reformadas. No obstante, sirve para ilustrar las complejidades de la trama de cultura y producción de las sociedades modernas; una complejidad que permite intuir por qué las soluciones políticas y económicas multiusos no suelen dar buenos resultados, por qué la clave última del desarrollo sigue siendo, según la expresión de William Easterly, tan frustrantemente “esquiva”. Resulta más que posible que el clima moral del victorianismo y del renacer evangélico representados ejemplarmente por un Livingstone, fuese alumbrado por el mismo proceso de selección, genético y memético, que hizo posible la revolución industrial. Con todo, si el ethos protestante contiene algunos de los sine quae non de la sociedad capitalista [3], también, aunque quizás no tan acusadamente como el catolicismo -no digamos la Teología de la Liberación y otros experimentos postconciliares-, abundantes recelos y condenas de la destrucción creativa que aquélla implica, de los dark satanic mills que estropean el paisaje y las certidumbres de antaño [4].

NOTAS

[1] - Jerusalem, un coral -más que propiamente un himno- extremadamente popular en el mundo anglosajón, ha sido versionado, entre muchos otros, por ELP y Vangelis -y da nombre a la película cuya banda sonora contiene esta última versión, Chariots of Fire.

[2] - La formulación es mía; Clark no se detiene en el tema religioso.

[3] - Escribe Leo Strauss en la nota 22 del segundo capítulo de Natural Right and History:

Tawney rightly pointed out that the capitalist Puritanism studied by Weber was late Puritanism or that it was the Puritanism that had already made its peace with “the world”. This means that the Puritanism in question had made its peace with the capitalist world already in existence: the Puritanism in question was then not the cause of the capitalist world or of the capitalist spirit.

[4] - A la vez, los evangélicos ingleses se hallaron enfrentados a los nostálgicos del viejo orden como Carlyle, Ruskin y Dickens, y aliados a economistas ricardianos como Stuart Mill y reformistas radicales como Bright y Cobden, en asuntos como la abolición de la esclavitud.

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La ONU, contra los Derechos del Hombre

Abril 2, 2008

Vía Ana Nuño en Arcadi Espada, una tribuna de Le Monde, L’ONU contre les droits de l’homme, sobre algo de lo que hablábamos el viernes pasado. Texto en inglés, francés e italiano; quien lo desee, puede firmarlo como ya han hecho Finkielkraut, Elie Wiesel, Pascal Bruckner, etc, etc, etc.

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Iglesia y Guerra Cultural

Abril 2, 2008


Penúltima trifulca sobre catolicismo, liberalismo y relaciones Iglesia-Estado.

Hay primero una cuestión de principios, que ya se ha explicado suficientemente. Bien, aun prefiriendo una separación escrupulosa, yo podría también, como Kantor, aceptar hayekianamente la inserción no estridente en lo público de una institución, como él dice, culturalmente afín y cercana a la irrelevancia. Si lo fuera de verdad, y aquí entra la segunda cuestión, la de la estrategia política.

La Iglesia católica ha sido, por ella misma, a través de los medios que controla y de organizaciones dependientes de ella, protagonista de la guerra cultural librada durante la pasada legislatura socialista, cuyos resultados reales no se le ocultan ya a nadie: la oposición liberal-conservadora es “la más fuerte desde 1977″. Como imagino que el objetivo del PP y de quienes lo apoyan no es estar indefinidamente en la oposición, sea esta fuerte o débil, se impondría llegado a este punto una autocrítica que afectase no sólo a cuestiones palaciegas -”sorayos”, “gallardones”, etc, etc- sino a los propios pundits que han pretendido marcar el signo de la oposición durante estos últimos cuatro años, a los cauces de participación ciudadana surgidos en este mismo tiempo, a menudo a la sombra de los anteriores, y a los particulares y asociaciones que han emprendido el griterío y la toma de la calle como respuesta al matrimonio homosexual y la educación para la ciudadanía entre otros asuntos. Deberían entender de una vez que si pretenden llevar el debate político a la arena moral, como viene haciendo la izquierda sistemáticamente, perderán, perderán y perderán, porque el ethos socialdemócrata -al que ha contribuido muy vivamente el catolicismo postconciliar, por cierto- lo impregna hoy ya todo. La “batalla de las ideas” no puede darse en el Paseo de Recoletos, ni en el Parlamento, ni siquiera en los periódicos nacionales, a menos que se trate de una exhibición narcisista despegada de la consecución de algún resultado tangible.

Por otra parte, estos no son ya los años de los López-Bravo y López Rodó. Por muy positivamente que se valorasen las de otros tiempos, creo que las aportaciones -en términos fundamentalmente de capital humano y estrategia- que puedan hacer hoy las organizaciones católicas al ámbito político español son irrelevantes dentro de las tendencias generales, cuando no contraproducentes. Los portavoces de estas organizaciones se han caracterizado esta última legislatura, ya fuera motu proprio o azuzados por quienes saben jugar a esto mucho mejor que ellos, por emplear retóricas incendiarias, símiles descoyuntados y, en general, un tono ultramontano que, como digo, en nada ha ayudado al partido de la oposición, y sí ha servido probablemente para restarle algún voto centrista y sumar bastantes de izquierda a sus competidores inmediatos.

Acaso, como se ha señalado, el error de partida sea asumir acríticamente modelos anglosajones de liberalismo que hallan mal acomodo en suelo español por particularidades históricas, ideológicas, demográficas, jurídicas y de toda índole. Por ejemplo, la alianza entre conservadores fiscales y derecha religiosa que propició la revolución conservadora en EEUU es claramente intraducible a la realidad política de España: un Estado que podría decirse semi-corporativo, donde tanto la iglesia principal como los intereses empresariales están fuertemente conectados a los poderes políticos, centrales y locales; y donde las consignas religiosas no movilizan ya a una masa de votantes capaz de oponerse con éxito a la progresista. Entre otras cosas, porque parte del voto católico -y de las simpatías de ciertas jerarquías eclesiásticas- se decanta por partidos nacionalistas, de carácter conservador más o menos suave pero poco o nada comprometidos con el programa constitucional. Visto así, no sólo es una cuestión de principios liberales distinguir más escrupulosamente lo de Dios y lo del César, sino una urgencia estratégica emancipar el proyecto político liberal-conservador, más allá de la vida privada de cada uno, del abrazo del oso católico y sus cachorros.

La derecha toma la calle
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¿Fue Oswald Mosley un “buen amigo” de Franco?

Marzo 31, 2008

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Leyendo sobre el penúltimo escándalo sexual en el Reino Unido, un titular me sorprende: El padre de Max Mosley, Oswald, era un buen amigo del Caudillo.

Como era la primera noticia que tenía, y Franco no fue precisamente un “hombre de mundo”, he acudido a la autobiografía de Oswald Mosley, My Life (PDF). Sólo aparecen dos referencias a Franco, en el contexto de un viaje a España hacia 1949 con su esposa Diana. “Neither of us had ever before been in Spain”, anota como para despejar dudas Mosley, que refiere la amistad que nace con el matrimonio Serrano Súñer y las tardías comidas y cenas a que sus huéspedes españoles les someten. Aparecen, sí, Carmen Franco, sobrina de los anteriores, y su fiance; pero el padre, por ningún lado. Una búsqueda en el texto de las palabras “Caudillo”, “Generalisimo” y “Generalissimo” no arroja resultado alguno. Y parece por lo menos dudoso que Franco considerase oportuno dejarse ver con un paria como Mosley a finales de la década de los cuarenta.

Tampoco he hallado una sola referencia al político británico en las biografías de Franco de Crozier, Preston y Suárez, ni en las conversaciones de Franco Salgado-Araujo, ni siquiera en las memorias de Serrano Súñer. Parece haber sido una amistad muy callada, la de Mosley y el Caudillo.

ACTUALIZACIÓN: Suponiendo que no fuera mera ligereza periodística, la idea podría provenir de aquí. Sea un comentario de Nancy Mitford, la cuñada más presentable de Mosley, o bien un añadido del autor del artículo, sigue pareciendo igual de infundada.