
Ars longa (ergo) vita brevis
Noviembre 15, 2007![]()
Kaiser in a tutu
Una noche de noviembre de 1908, después de la cena, el conde Dietrich von Hülsen-Häseler, jefe del gabinete militar del Káiser, salió con un tutú a bailar para el resto de huéspedes, como acostumbraba, y cayó muerto de un ataque al corazón. La escena, relatada por Modris Eksteins en Rites of Spring, tuvo lugar en la mansión que el Príncipe Max Egon zu Fürstenberg poseía en la Selva Negra, con el propio Guillermo II presente, y dio origen a un escándalo que provocó la caída en desgracia del Príncipe Eulenburg y que algunos sitúan incluso en el origen de la Primera Guerra Mundial. Estén en lo cierto o no -la Gran Guerra sufre una hinchazón de hipótesis personalistas, psicohistóricas y contrafactuales-, la anécdota puede no ser tal por cuanto revela algo más, no sólo de las intrigas homosexuales de la corte imperial, sino de la cultura y el Volkgeist alemanes en vísperas de la guerra, y de las tortuosas relaciones entre Kultur, arte, militarismo y totalitarismo.
Al fin y al cabo, el propio emperador Guillermo era un espíritu delicado que vivió toda su desdichada vida el dilema de representar el poder, la suma virilidad y el militarismo prusiano al tiempo que sentía una irremisible atracción por las artes y buscaba la compañía de homosexuales. Uno de ellos, el citado Eulenburg, se consideraba poeta y músico -su mote en el ambiente era “el arpista”- antes que estadista: una carrera que, como su amigo coronado, había seguido por circunstancias ajenas a su voluntad. Kuno von Moltke -alias “Bomboncito”-, su presunto amante, fue el otro damnificado del escándalo Harden-Eulenburg; su defensa consistió en presentarlo como un “homosexual” platónico, afeminado y afecto a las artes, pero no un “sodomita”. Otro pariente, Helmuth von Moltke, jefe del estado mayor alemán en agosto de 1914, se sentía más próximo a las artes que a la milicia: pintaba, tocaba el cello y, en vísperas de la guerra, trabajaba en una traducción de Pelleas y Melisande, el drama simbolista de Maeterlinck. ¿Anomalías, decadencia de las grandes familias? Veamos lo que escribe Max Boot de su famoso tío, el Conde Helmuth Karl Bernhard von Moltke, brillantísimo estratega y primer soldado de la Prusia bismarckiana:
Moltke encaja mal con la imagen de un militarista prusiano. Amaba la música, la poesía, el arte, la arqueología y el teatro. Sabía siete idiomas (alemán, danés, inglés, francés, italiano, español y turco). Fue un artista prolífico que dejó cuadernos repletos de paisajes y retratos, así como un escritor popular (…) su relato de viajes por Turquía, publicado a su regreso a Berlín en 1840, lo convirtió en una celebridad literaria, un papel que asumió vistiendo a la turca y dando conferencias.
Como muestra Eksteins en su admirable libro -dieciocho años sin edición española-, la Alemania guillermina había llegado a encarnar el espíritu del cambio, de la rebeldía antiburguesa, de la modernidad -es decir, de la postmodernidad-, frente a las potencias conservadoras, la revanchista y declinante Francia e Inglaterra, la Krämer-Nation que gobernaba un tercio de las tierras emergidas con el talante eficiente y adocenado del funcionario educado en Oxbridge. Sin ánimo de incurrir en el lugar común anglosajón que traza un parentesco sin matices entre sus enemigos de una y otra guerra mundial, siendo Guillermo un Führer avant la lettre y Hitler un Káiser de guardarropía, hay que reseñar lo que ese espíritu pre-bélico tiene en común con la demagogia del nazismo y sus alrededores de la entreguerra. También Guillermo fue admirador de Houston Stewart Chamberlain, el prófugo del tedio victoriano que casó con la hija de Wagner y formuló el ideal pan-germánico mejor que ningún alemán [1]. También mezcló la evocación de un pasado mítico con una devoción algo ingenua por la tecnología, el maquinismo y la velocidad. Y no habrá que insistir en el dilettantismo artístico de Hitler, que ya fue retratado por Thomas Mann antes de la guerra; su desdén por el funcionariado y la burocracia; su arrobamiento con Wagner y la vocación instantánea que sintió la primera vez que asistió a una representación de Rienzi; su deleite con las fantasías escenográficas y arquitectónicas servidas por Speer y Giesler.
No es que la propia Inglaterra estuviese libre de espíritus románticos que hubieran destruido el mundo para complacer una visión artística -pensemos en un Ruskin al que se le hubieran cerrado los caminos del arte y abierto los de la política. Pero el establishment inglés ofrecía pocas salidas a su creatividad; tipos como Oswald Mosley acababan siendo figuras estrafalarias, carne de horca o de ecos de sociedad. La Alemania guillermina, en cambio, permitía la ilusión de la totalidad. Wagner, el creador de la obra de arte total, era un fenómeno artístico pero también, y casi más fundamentalmente, político [2]. Igual que Ruskin despreciaba la división del trabajo de Smith por alienante, el romanticismo wagneriano podía soñar con derribar las barreras entre arte y vida, entre pasado y presente, entre fantasía y realidad. Facultaba para creer en la falacia matemática a la que se refería Peter Viereck [3]; para el espíritu romántico, el total es mayor que la suma de las partes:
La escuela romántica original y el nazismo moderno triunfaron en parte por la misma razón. Ambos fueron saludados por muchos como un antídoto sintetizador contra los supuestos efectos desintegradores del racionalismo agresivo.
Y la totalidad adquiría un carácter orgánico [4]:
Cuando se aplicó este enfoque orgánico al Estado, la Nación o la Raza en lugar de al universo, la ciencia o el poema, el resultado fue el romanticismo político. Sin él, el Tercer Reich de Hitler es inconcebible. (…) Los discursos de Hitler y Mein Kampf representan la versión rupestre del romanticismo político. Aquí es la raza en lugar del Estado la totalidad mística, soldada por la pureza de sangre. El sistema democrático parlamentario dividiría esta unidad hasta lo atómico en partidos separados. La voluntad general de la unidad del Volk habla sólo a través de su oráculo el Führer.
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…la grazia innaturale di Nijinsky
Eksteins emplea a lo largo del libro la metáfora de la danza para referirse a la Gran Guerra, a la fractura de la modernidad y, muy especialmente, a Alemania. La danza y el ritmo de los que escribe un veterano de las trincheras muy particular y, a la vez, muy sintomático, Céline; la danza y el ritmo de los ballets de Strawinsky y Diaghilev, de los clubes de jazz y el cine sonoro. Viereck habla de otra falacia romántica: el dinamismo. Para el romántico -para la mentalidad postmoderna, podríamos decir hoy- lo dinámico siempre ha de prevalecer sobre lo estático:
La tragedia de nuestro tiempo es el fracaso en armonizar estos dos fuerzas en combate [lo estático y lo dinámico], como si la forma y el contenido siempre se buscasen sin encontrarse. Muy pocos se han guiado por la verdad de que ambos ideales precisan el uno del otro, de que la vida y la ley deben siempre luchar, pero no pueden existir separados. La ley sin vida es muerte por descomposición, una cáscara seca que se desmorona al contacto con la realidad. La vida sin ley es muerte por suicido, una marea de caos sin dirección ni significado.
Arte, totalidad, dinamismo. Guillermo, el admirador de los ballets russes, y su jefe de gabinete militar ataviado con un tutú, emprendiendo un pas seul final en un castillo de la Selva Negra. Hitler y su obsesión wagneriana por derribar las barreras, por acelerar una historia que se encamina ineluctablemente a la destrucción final. ¿Es casual que la mitología germánica sea la más dinámica y la más cruel, en la que ni los mismos dioses son eternos y están destinados a morir en el Götterdammerung? Y la teoría bélica alemana, que, por necesidad, quién sabe si por afinidad cultural, enfatizó el movimiento frente a las posiciones estáticas e introdujo en el campo de batalla la tercera dimensión y, finalmente, con la Blitzkrieg, el tiempo. Alemania, el país esencialmente postmoderno antes de la postmodernidad, antes de Heidegger, Deleuze y el academicismo de la Nada, que necesitaría dos guerras mundiales, la siembra de sal y el diezmo de varias generaciones para volver a levantar una cabeza federal, repeinada y no demasiado imaginativa de buen burgués.
NOTAS
[1] - En sus años finales, aun “avergonzado” por las persecuciones nazis, Guillermo achacaba las guerras mundiales y el liberalismo a los francmasones y judíos que, a su parecer, dominaban Inglaterra. Quién sabe si en su ánimo no pesaba aún el recuerdo del judío Harden, responsable del outing de Eulenburg y von Moltke.
[2] - Y un fenómeno de masas: con Wagner, como después con Hitler, la educación alemana permitió la generalización de ese “fenómeno demasiado común” del que habla Pryce-Jones, los tontos inteligentes; porque siempre hay algo más nocivo que los que no saben nada: los que saben un poco.
[3] - Metapolitics. The roots of the Nazi mind; otro libro admirable, que en este caso sólo lleva sesenta y seis años esperando una edición española.
[4] - Cabría preguntarse si determinadas apelaciones contemporáneas al carácter absolutamente auto-organizativo de las sociedades no están en realidad más emparentadas con esta metafísica romántico-hegeliana de la totalidad orgánica que con los órdenes espontáneos de Hayek o la evolución darviniana.
Pues si quieres traducciones al castellano de esos libros, envía un jamón a El Acantilado; de otra manera lo veo imposible.
Bueno, yo ya los he leído, así que me voy a ahorrar el jamón. Se trataba más bien de una vaga lamentación por el panorama cultural patrio. De todas formas, te recomiendo ambos; el de Eksteins más actual, claro, pero los dos excelentes.