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De qué son nostálgicos los nostálgicos

Abril 14, 2008

Hace algunos años, unos intelectuales que decían asociarse en “defensa del Espíritu” reclamaban entre otras cosas el cese de la investigación aeronáutica. A su juicio, no necesitamos aviones que vayan más deprisa. Álvaro Mutis, uno de los promotores del manifiesto, afirma no hallar nada de su gusto ni de su interés en el mundo “desde la caída de Constantinopla” -algo sensacional si tenemos en cuenta que nació en Bogotá. Fernando Sánchez Dragó retrasa la pérdida hasta el siglo V antes de Cristo. Y otros nostálgicos más pedestres se conformarían con revertir la nefasta influencia del liberalismo, padre del izquierdismo, el cientifismo y otros males sin cuento.

Desde luego, no se les puede acusar de originalidad. La aparición del ferrocarril fue saludada con una letanía de predicciones apocalípticas, y hubo quien vaticinó la imposibilidad de viajar a “altas velocidades”: la gente moriría de asfixia. Aún hoy, la condena de la velocidad, de la prisa, es una idée fixe de los nostálgicos de derecha e izquierda. Se comprende la obsesión, pues es bien sabido que el Espíritu la soporta mal. El único placer verdaderamente moderno, como la llamó Aldous Huxley, es esencialmente eso: un fenómeno de la modernidad. No hace tanto que el hombre vivía ajeno a ella y, en general, a la posibilidad de desplazamientos largos. Tim Blanning, sobre el período 1648-1815:

Se precisaban cuatro o seis animales de tiro por coche, y había que cambiarlos cada 6 o 12 millas dependiendo del estado de las carreteras. En Inglaterra se calculaba que se necesitaba un caballo por cada milla de viaje en una carretera de peaje bien cuidada. Así que, para las 185 millas de Manchester a Londres, había que mantener 185 caballos estabulados y alimentados para hacer los diecisiete cambios que requerían las diligencias que cubrían la ruta. Esos caballos requerían a su vez un ejército de cocheros, postillones, guardias, mozos de cuadra, venteros y mozos de paja y cebada para mantenerlos en marcha. Dado que un coche no llevaba más que diez pasajeros, las tarifas eran consecuentemente altas, fuera del alcance del grueso de la población. Un viaje de Augsburgo a Innsbruck en diligencia, aunque de poco más de 60 millas en línea recta, le hubiera costado a un trabajador no cualificado más del sueldo de un mes sólo por el transporte. En vísperas de la llegada del ferrocarril, después de que mejoras significativas en las carreteras y los carruajes hubieran reducido el coste apreciablemente, un viaje en diligencia de París a Burdeos aún costaba el equivalente del sueldo mensual de un empleado. El historiador social alemán Karl Biedermann, que escribía a mediados del s. XIX, estimó que viajar había sido catorce veces más caro dos generaciones antes. Sólo la introducción de la locomotora de vapor, capaz de tirar de un tren con cientos de personas, pudo crear economías de escala y democratizar el viaje.

“Democratizar” quizás sea aquí la palabra clave. Esta claro que a los nostálgicos no les molesta tanto la velocidad cuanto que esté al alcance “de cualquiera”. Es común la denigración del “turista”, entendido que el que habla nunca es tal sino “viajero”. Y el “viajero” echa de menos un mundo en el que sólo viaje él. Un mundo como el que describe Gregory Clark, en el que el común de la gente no sólo vive sus vidas en el limitado espacio de unos pocos kilómetros, los que recorre a pie durante el día para trabajar, conseguir agua, leña y algún producto del bosque y, ocasionalmente, acercarse a alguna feria local o romería; sino que es esa misma gente la que proporciona la mayor parte de la energía:

En la era preindustrial, las personas suministraban mucha de la energía para la producción, ya fuera como trabajadores agrícolas -cavando, acarreando, trillando-, como cortadores de leña, fabricantes de ladrillos, forjadores o porteadores. En nuestra sociedad, no sólo tenemos máquinas que realizan esas tareas, sino también otras que nos llevan de la cafetería al lugar de trabajo. En estos lugares de trabajo, otras máquinas nos suben y bajan de un piso a otro. Así, pese a nuestros elevados ingresos y estatura relativamente alta, el varón medio en los Estados Unidos ingiere sólo unas 2700 calorías al día, y muchos experimentan aun así aumentos sustanciales de peso. En la década de 1860, los trabajadores agrícolas varones de algunas regiones de Gran Bretaña, generalmente más bajos y ligeros que los varones estadounidenses modernos, ingerían unas 4500 calorías al día. Consumían tanto porque se empleaban en tareas físicas diez horas al día trescientos días al año.

Para mantener semejante actividad, nuestros antepasados del mundo preindustrial debían estar muy bien alimentados. Pero no era siempre el caso:

Los datos de que disponemos para Inglaterra proceden de encuestas en familias pobres, principalmente de trabajadores agrícolas, hechas entre 1787 y 1796 como parte del debate sobre los costes crecientes de la Poor Law. Los pobres ingerían una media de sólo 1508 calorías por día. La renta per cápita media en estas familias, 4,6 libras esterlinas, era sin embargo sólo un 30% de la renta media inglesa, 15 libras. (…)

El hombre primitivo comía bien en comparación con una de las sociedades más ricas del mundo en 1800. De hecho, para 1863, los trabajadores agrícolas ingleses acababan de alcanzar la mediana de consumo de estas sociedades de cazadores-recolectores y agricultores de subsistencia.

Además, la dieta inglesa de la década de 1790 tenía típicamente un contenido proteico inferior a las dietas de estas sociedades tecnológicamente simples. (…)

La variedad de la dieta es otro componente importante del bienestar humano. Para 1800, la dieta europea se había enriquecido con la introducción de especias, azúcar, té y café de Asia, y patatas y tomates del Nuevo Mundo. Pero para el europeo típico, dicho enriquecimiento era bastante limitado. En Inglaterra en 1800 la dieta diaria se suplementaba en promedio con 0,85 onzas [24 gr.] de azúcar, 0,07 onzas [1,98 gr.] de té, 0,004 onzas [0,11 gr.] de café y 0,05 onzas [1,41 gr.] de tabaco. El grueso aplastante de la dieta era la tradicional monotonía diaria de pan, aliviada con modestas cantidades de vacuno, cordero, queso y cerveza. En contraste, las dietas de los cazadores-recolectores y agricultores de subsistencia tenían una amplia variación [1].

Dados el trabajo físico y la malnutrición crónica, más el escaso desarrollo de la medicina y la higiene, no es de extrañar que la enfermedad campase a sus anchas por el mundo que los nostálgicos echan de menos. Como frívolos que son, no se detienen a pensar en cómo la sombra siempre presente de una muerte intempestiva oscurecía la vida de nuestros antepasados. Así narraba el curtidor Miquel Parets los efectos de la peste de 1651 en Barcelona (traduzco de la traducción inglesa en Blanning):

Dios se llevó a nuestra niña el día siguiente a la muerte de su madre. Era como un ángel, con una cara de muñeca, bonita, alegre, pacífica y tranquila, que hacía que todos los que la conocían se prendasen de ella. Y despues, a los quince días, Dios se llevó a mi hijo mayor, que ya trabajaba y era un buen marinero, y que iba a ser mi sostén cuando me hiciese viejo, pero esto no me correspondía a mí sino a Dios, que quiso llevárselos. Dios sabe por qué hace lo que hace, Él sabe lo que es mejor para nosotros. Hágase Su voluntad. Así, en menos de un mes, murieron mi mujer, mis dos hijos mayores y nuestra hija pequeña. Y quedé con Gabriel, de cuatro años, que de todos tenía el carácter más difícil.

La medicina precientífica poco podía contra enfermedades cuyo origen no entendía y cuyo curso no sabía tratar. Pero incluso dolencias menos misteriosas recibían tratamientos inútiles o contraproducentes. Lawrence Keeley sobre la medicina militar en las guerras napoleónicas:

Este era un período en que la medicina no practicaba ni la antisepsia ni la anestesia. Los cirujanos militares en realidad contribuían a la fatalidad de las heridas “sangrando” a los heridos, amputando rutinariamente los miembros heridos, hurgando en heridas sin limpiar con instrumentos no esterilizados y tapándolas inmediatamente con vendajes apretados y sin esterilizar. Todas estas prácticas comunes de principios del siglo XIX inducían shocks o incrementaban las probabilidades de infección. La prescripción a granel de potentes laxantes con la menor excusa, a menudo para soldados que ya sufrían de disentería, difícilmente puede haber ayudado a la convalencencia. Vista con los conocimientos médicos del presente, está claro que la medicina militar durante el siglo XIX era peor que inefectiva: era sin duda perniciosa.

El hacinamiento y la suciedad de las ciudades preindustriales tampoco contribuían a la salubridad general, hasta el punto de que una gran urbe como Londres era, siguiendo a Clark, un agujero negro demográfico de infertilidad y mortalidad rampante, cuya población sólo se sostenía y crecía mediante aportes incesantes del mundo rural. Pues bien, escribe el gacetillero Prada: “El liberalismo, en fin, es el caldo de cultivo que la derecha aliña, creando las condiciones sociales, económicas y morales óptimas para el triunfo de la izquierda, que es la que mejor ha sabido vender las falsificaciones de la libertad inventadas por el liberalismo.” Y es imposible no acordarse del capitán de caballería Gonzalo de Aguilera, que, durante la Guerra Civil, escandalizaba a los reporteros británicos con declaraciones de este involuntario jaez malthusiano:

[La causa de la Guerra Civil es] la introducción del alcantarillado moderno: antes de esto, la gentuza se moría de diversas y muy prácticas enfermedades; ahora sobreviven y, claro, son demasiados.

De no haber alcantarillas en Madrid, Barcelona y Bilbao, todos estos jefes rojos habrían muerto en su infancia en lugar de incitar a la chusma y hacer que se vierta buena sangre española. Cuando la guerra termine, destruiremos las alcantarillas. En España el perfecto control de la natalidad es el que Dios quiso que tuviéramos. Las alcantarillas son un lujo que se reservará a quienes lo merezcan, a los jefes de España, no a la masa de esclavos. [2]

William Hogarth, First stage of cruelty

El tono del militar español no ofendería sólo a los corresponsales, sino a cualquiera que comparta los consensos éticos modernos más elementales sobre la violencia y la dignidad humana. Pero no siempre ha sido así. En el mundo que añoran los nostálgicos, la vida humana vale poco, el dolor es un espectáculo frecuente y la empatía, un lujo que pocos se permiten. Y no hace falta remitirse a sociedades exóticamente primitivas. Recuperemos un fragmento muy citado del Diario de Samuel Pepys (1660), sobre la ejecución de uno de los magistrados que condenaron a Carlos I:

Fui esta mañana a casa de mi Señor, donde encontré al capitán Cuttance. Pero, como mi Señor no estaba, me acerqué a Charing Cross a ver cómo colgaban, arrastraban y descuartizaban al general Harrison, lo que se hizo allí, con el general tan alegre como cualquiera estaría en tal condición. Le cortaron en trozos y su cabeza y corazón fueron mostrados al público, que gritó de alegría. (…) Así que he tenido la oportunidad de ver al Rey decapitado en Whitehall y de ver en Charing Cross la primera sangre que se vierte en venganza por la del Rey.

Para los que no tengan el placer, hanged, drawn and quartered se refiere a un castigo frecuente en la Europa anterior a 1800 para delitos de rebelión y traición; donde el drawn puede ser tanto el “arrastre” (detrahatur) hasta el cadalso como la “extracción” (devaletur) de las entrañas. El reo era ahorcado a poca altura para dejarlo con vida, luego emasculado y eviscerado, quemados genitales e intestinos ante sus ojos y, finalmente, decapitado y hecho cuartos. Introducida por Eduardo I, Longshanks, William Wallace fue uno de los primeros beneficiarios de la pena, que tuvo diversas variantes según las naciones europeas. En la francesa, cuatro caballos de tiro desmembraban al infortunado. En España aún se aplicaba a los bandoleros a finales del siglo XVIII. Y quede simplemente como un ejemplo entre muchos, como podríamos tomar la crucifixión o los programas de los anfiteatros de la antigüedad.

Pero, como ha señalado Steven Pinker, el mundo preindustrial no sólo tenía poco lugar para la compasión por las personas. Todo tipo de espectáculos y prácticas cruentas con animales han gozado de éxito hasta fecha recientes, como atestigua la tauromaquia. “Deportes” que hoy se contemplan con desagrado o indignación, como las peleas de gallos y perros, fueron entretenimiento cotidiano tanto del vulgo como de las clases altas; por no mencionar otros aún más ajenos al paladar moderno, como los enfrentamientos de perros con toros y osos, el manteo de zorros y otras alimañas -que luego solían rematarse a palos- o el tiro al gallo. A los nostálgicos más píos les emocionará saber que cuando los Puritanos ingleses reprobaron las luchas de osos no pensaban tanto en lo cruento del espectáculo cuanto en que se celebrase en domingo.

Finalmente, y por detenernos en algún lugar, el mundo preindustrial no era generoso con quienes pretendían vivir de la pluma. El mismo Pepys, santo patrón de los blogueros, no fue reconocido en su tiempo por un Diario de carácter privado y no publicado hasta el siglo XIX: debía su posición al patronazgo y a sus cargos en el Almirantazgo y el Parlamento. El escritor profesional, más aún el columnista, debe su existencia a fenómenos ausentes en la historia, salvo raras excepciones, hasta hace apenas dos siglos: una esfera pública desarrollada, una cultura del ocio y de la vida privada y, last but not least, poblaciones mayoritariamente alfabetizadas. Como cualquier antisistema, el nostálgico se rebela contra la única sociedad que hace posible su existencia.

Esta entrada había necesariamente de ser parcial, anecdótica, impresionista; con todo, se ha alargado en exceso. Espero que dé una idea siquiera aproximada de lo que los nostálgicos tienen, por usar la expresión de William Burroughs, en la punta del tenedor. Un verdadero conservador como Disraeli ya alertaba contra esta cruda caricatura del conservadurismo, a la que quizás no haya que prestar mayor atención, por cuanto muchos de sus defensores lo son por mera frivolidad o narcisismo: creen haber hallado la receta para seguir escandalizando al buen burgués cuando ya las viejas rebeldías no escandalizan a nadie.

NOTAS

[1] Quien se sienta tentado, a la vista de estos datos, de abandonarse a otro tipo de nostalgia, la del Buen Salvaje de vida idílica en su paraíso natural, hará bien en recordar el precio que pagan estas sociedades primitivas en términos demográficos y de extensión de la violencia.

[2] Citado por Paul Preston en Franco, Caudillo de España.

10 comments

  1. Muy interesante J.

    Sebreli tiene comentarios muy agudos sobre estos “nostálgicos” que prefieren la horda igualitaria a las sociedades del Occiente contemporáneo.

    Ya se sabe, hay que conservar la bella cultura de los kung!… si uno no es un desgraciado kung!

    Saludos


  2. Eso que usted llama extracción de entrañas tiene un nombre más adecuado en los relatos de los martirios: eviscerar. Hay preciosas pinturas del evisceramiento de San Erasmo.


  3. Estupendo artículo.


  4. Muy impresionista no es, desde luego.Otro detalle que siempre me ha fascinado de esta “sección mental” es la cantidad de significados ocultos, místicos e imprecisables, of course, de la palabra “libertad”.Recuerdo que cuando oía a algún profesor hablar de la “verdadera libertad”, tenía muy claro que se refería a que se nos venía encima alguna restricción adicional.


  5. “Muy impresionista no es, desde luego.”

    Pues anda que no me he dejado cosas: esclavitud, servidumbre y vinculación en sus diversas formas, libertades políticas, renta, poder adquisitivo, mortalidad infantil, libertad sexual, comunicaciones… Lo que quería decir es que no se puede dar una idea cabal de lo ajeno que es el mundo malthusiano al mundo desde el que escriben estos frívolos, sólo unas pinceladas, o brochazos más bien. Un cuadro bastante completo, aunque discutible, en el libro de Clark.

    De hecho, si estos señores lo quisieran de verdad, podrían irse a vivir a alguno de los reductos malthusianos que quedan en el mundo. Que prueben con Malawi, por ejemplo.


  6. “Que prueben con Malawi, por ejemplo.”

    Pues a mí, admitiendo la brutalidad y dureza del mundo occidental preindustrial, siempre me ha costado asimilarlo con las sociedades subdesarrolladas de hoy en día. No sé como explicarlo, pero tiene que haber algo por ahí… no es lo mismo la Viena de la Ilustración que Kinshasa en la actualidad. Es posible que, simplemente, la diferencia estética sea lo suficientemente gorda como para pensar -como estoy seguro que la mayoría hacemos- que en la primera tiene una infinita dosis de encanto, de benignidad, de “feeling” en definitiva. O que, como europeos, pues pensamos de forma eurocéntrica. O eso, o es que efectivamente, si nos dieran a elegir, preferiríamos vivir bajo la férula de un reyezuelo ilustrado alemán que bajo el “emperador” Bokassa.

    ¿Alguien tiene una respuesta? desde hace tiempo me vengo planteando esta cuestión de hasta qué punto podría considerarse a las naciones europeas del siglo XVIII como países “subdesarrollados” según nuestra visión actual. Gracias.


  7. Bueno, era una boutade. Tienes razón en varias cosas.

    Cuando digo, o cuando Clark -o Robert Kaplan, por ejemplo- dice, que gran parte de África está aún en el mundo malthusiano, lo que se está diciendo es exactamente eso: que sigue siendo el África malthusiana. La Europa malthusiana se regía por las mismas dinámicas de población y nivel de vida -por resumirlo burdamente para los que no conozcan la terminología: que nunca podían crecer a la vez la población y el nivel de vida, sino cíclicamente la una a expensas de la otra- que imperaban en Asia o África, pero las modalidades y grados de la civilización eran las propias de cada lugar. De hecho, la modalidad europea occidental fue la que acogió el proceso que permitió, llegado un determinado momento -hacia el s.XVII según North y Thomas, hacia 1800 según Clark-, romper la trampa malthusiana. Según los primeros, por el marco institucional; según Clark, por la acumulación genética y cultural de elementos favorables a la innovación, el crédito y las “virtudes capitalistas”. Así que sí, no se trata de equiparar punto por punto a Malawi y la Viena de Mozart; sólo de señalar que la vida es una mierda en ambas. Y, de todas formas, recuerda, como señala Tim Blanning, cuánta gente asistió al entierro de Mozart y cuánta al de Beethoven, treinta y cinco años después, cuando ya despuntaba la Europa post-malthusiana.


  8. Hombre, coup, creo que una cosa es la “sociedad preindustrial” y otra la que es ya, directamente, preestatal como lo son las tribus que quedan por ahí. En cuanto al ejemplo de Kinshasa sucede un poco lo mismo (en diferente grado por supuesto) al fin y al cabo el Estado austríaco era fuerte y podía mantener el orden en su tiempo mientras en muchos Estados africanos esto no sucede y el caos es total.

    Saludos

    PD: Es “!kung” no “kung!” (!!!)


  9. Gran post. Es muy fácil lamentar el paraíso perdido viendo una película en tu DVD mientras disfrutas de un escocés con hielo. Hace apenas doscientos años estábamos ahí. Y ya dilapidamos la herencia. Somos (son) unos borregos.


  10. Muy buen post.

    Hay que ser un gran cínico y/o servir a raros intereses para defender posturas como las de los nostalgicos.

    Las izquierdas y las derechas deberían mirarse un poco más de cerca la una a la otra, y verían la semejanza que les une, sobre todo en temas como de la imagen pastoril e idílica del pasado.

    Dwight, estoy con tu comentario al 100%.


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